‘El último recreo’: la inocencia perdida, según Trillo y Altuna

Carlos Trillo y Horacio Altuna son dos clásicos de la historieta argentina, dos grandes referentes que en nuestro país siempre han sido muy apreciados. En 1982, antes de que empezara a realizar sus famosas historias para Playboy, Altuna me mudó a España y empezó una colaboración con Trillo para la revista 1984. Entonces era el boom de las revistas de cómics para adultos (Totem, Cimoc, Metal Hurlant, etc.), y 1984 buscaba un enfoque de género con historias de ciencia-ficción. Fue así que el tándem argentino ideó El último recreo, diez historias que son autoconclusivas, pero englobadas en una macrohistoria, ambientada en un mundo como el nuestro donde una catástrofe planetaria ha matado a todos los adultos. De ahí surgió esta obra que ahora Astiberri publica de forma integral.
De forma parecida a obras cercanas en el tiempo como Hombre, de José Ortiz y Antonio Segura (Panini), o Ciudad, de Juan Giménez (Astiberri), El último recreo plantea una situación postapocalíptica, que tan de moda está ahora (quizá, en aquel momento, su interés venía dado por la situación de guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética) en la que un gas en la atmósfera acaba con todos los seres humanos que llegan a su plenitud sexual. Sólo sobreviven aquellos que siguen siendo niños a todos los efectos. Este planteamiento, que bebe de fuentes como una que es evidente, El señor de las moscas de William Golding, permite a Trillo y Altuna echar una mirada a nuestra humanidad desde sus más débiles encajes.
Trillo y Altuna utilizan este contexto catastrófico para hablar de la pérdida de la inocencia, y la búsqueda de un tiempo que no existe. Los personajes que desfilan en estas historias siempre se debaten entre la ingenuidad y la madurez, entre la inocencia y la responsabilidad. Esto puede verse de forma literal, cuando en alguna historia los protagonistas empiezan a sentir pulsiones sexuales, pero también en la manera en que intentar solucionar los conflictos en los que se ven inmersos. Atrapados en un callejón sin salida, se ven abocados, sin quererlo, a un mundo que los aniquilará cuando sean conscientes de él. Pero, al mismo tiempo, la adultez les dará las claves para poder sobrevivir, de ahí que el último de los protagonistas cierre el tomo exclamando “¡Ojalá que ya podamos crecer, que ya no haya más radiaciones de la bomba!”. Al final, estos niños son como nosotros: quieren seguir siendo niños, pero también anhelan (y temen) ser adultos. Esa tensión está magníficamente llevada a término por los autores.

En cuanto al aspecto gráfico, he de reconocer que me ha sorprendido la nitidez con la que están reproducidas las páginas de Altuna: se aprecia aún el lápiz bajo la tinta, las pasadas del negro o las correcciones en blanco. Si bien eso le da un aspecto muy auténtico (es casi como estar viendo los originales en una exposición), este tipo de acabado a mí me desconecta un poco de la historia haciendo que me fije en ellos aspectos técnicos.
Treinta y cinco años después de su primera publicación, El último recreo es un cómic que ha superado la prueba del tiempo por la humanidad de sus historias y el extraordinario talento de sus autores. Un clásico a reivindicar.