‘Sócrates’: un perro peripatético
Fulgencio Pimentel reedita en un integral la obra de Sfar y Blain

Joann Sfar es uno de esos creadores incontenibles. Ha sido uno de los pilares en los que se ha asentado eso que se dio en llamar la nueva ola del cómic francés, junto a sus compañeros Lewis Trondheim, David B., Dupuy y Berberian, Emmanuel Guibert o Bastien Vivès, por citar a algunos. Pero nadie tan prolífico en su producción ni tan exuberante en sus planteamientos como Sfar, que, además, ha diversificado su obra: ha hecho ilustración, novela, animación e incluso ha dirigido una película, Gainsbourg (2010). En sus cómics, tanto como autor completo como sólo guionista nos encontramos con personajes que se plantean su lugar en el mundo y, muchas veces, su relación con la divinidad. Ya lo veíamos en El gato del rabino y lo constatábamos en Sócrates, obra incompleta de Sfar a los guiones y Christophe Blain que ha reeditado este año Fulgencio Pimentel en un único tomo.

La mención de El gato del rabino no es baladí. Ambas series tiene más de un punto en común, y es que si en El gato del rabino el protagonista era un minino hablador, en Sócrates (“el semiperro”, llevaba por subtítulo la edición anterior en castellano) es todo un filósofo cínico (recordemos que esta escuela de pensamiento llevaba su nombre por kynos, perro) que acompaña a Heracles en sus aventuras y desventuras, y que topa con otros personajes mitológicos como Edipo, Homero u Odiseo, o bíblicos como Jonás.
Sfar y Blain se propusieron como forma narrativa una cuadrícula de seis viñetas por página muy rígida, pero que sin embargo encaja muy bien con lo que quieren contar. El primer tomo es casi de tanteo: apenas hay diálogo, y nos acercamos al protagonista a través de las cajas que el monólogo interior del protagonista nos ofrece. Sfar parece apuntar hacia muchos lados y a ninguno, las páginas tienen una estructura cuasi autónoma que hace pensar que podrían haber sido publicadas de forma independiente. Es en el segundo tomo en adelante que los personajes empiezan a cobrar vida y nuestro cánido da un paso atrás para ser el mero catalizador de las acciones a su alrededor. Deslumbra, como siempre, la capacidad que tiene Sfar para torcer los elementos narrativos a su antojo, y aquí, por ejemplo, la relectura de la Odisea esa genial. ¿A quién más se le hubiera ocurrido que Cíclope fuera el propio Homero, ciego de su único ojo? ¿O que la razón por la que Ulises no llegaba a casa era porque lo evitaba?

Por lo demás, la perspectiva canina permite a Sfar, cuyos guiones ilustra como nadie Blain, divagar sobre la condición humana, sobre la naturaleza del amor y el sexo. Temas que, en el fondo, son la obsesión del guionista, a los que acaba siempre volviendo en todas sus obras. Christophe Blain está excepcional. Es un Sfar narrativamente hablando pero su pulso es mucho más hábil y se nota en sus dibujos el entusiasmo por este trabajo, una colaboración que surgió entre ambos de forma espontánea.

La única pega que podemos poner a Sócrates no tiene que ver con la extraordinaria edición de Fulgencio Pimentel; es simplemente fruto de la dispersión de Sfar: la serie quedó inconclusa tras su cuarto tomo, sin que se hubieran resuelto las tramas que el último volumen publicado dejaba al aire. Así Sócrates se unía a la lista de proyectos fallidos/abandonados del artista galo: como los trescientos y pico tomos prometidos de La Mazmorra, u otras series como Los viejos tiempos (un tomo) o El valle de las maravillas (un tomo). Pero con todo, vale la pena leer una obra llena de momentos de pura genialidad Sfar y con el delicioso dibujo de Christophe Blain.